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2.8.14

(Resulta que esto se ha convertido en una historia compartida o algo así y la estamos subiendo a Facebook, quién me lo iba a decir, con lo chiquitito e insignificante que era. Para el que quiera saber qué fue de la chica que no nació para ser musa y del chico de los avioncitos de papel, comentario en esta entrada y le digo cómo o le paso el texto ^^ Si estáis registrados en el foro de Laura Gallego, lo podréis encontrar allí en poco tiempo).

Fotografía tomada de "A pleasure to burn" (hellanne.tumblr.com)


Que me ha llamado George Lucas y que oye, mira, que se lo ha pensado mejor y quedaron cabos sueltos en nuestra historia. Que muchas de las escenas cortadas tenían cabida en otra película, que el personaje de tu exnovia daba mucho juego y lo aprovechó poco, que nuestras miradas al decirnos adiós en la última escena daban pie a una secuela como las que a él le gustan, bien cargadita de acción y dramatismo (y naves espaciales, claro).

Bueno, tú sabes, en verdad esto me lo han dicho Jorge y Lucas, que quedé el otro día con ellos para un café y aún no han superado lo nuestro. Y que puede que lo de las naves espaciales quede un poco falso con nuestro presupuesto de universitarios, además que no me imagino yo al Halcón Milenario aparcado en el descampado del campo del Betis. A saber cuánto te cobraba el gorrilla por estacionar allí semejante trasto. Igual basta con esos aviones de papel que me lanzabas con formidable puntería en la biblioteca, cuando ya apenas quedaba gente que pudiera molestarse por eso. Siempre había alguien que ponía los ojos en blanco al vernos, desaprobando nuestro comportamiento infantil, pero jamás me importó, francamente, cuando lo que aterrizaba sobre mis apuntes eran las palabras más bellas que jamás pensé que me dedicarían. Las tuyas. Se te daba bien ser poeta cuando te alimentabas de desamor, esperanzas e idealizaciones, pero se ve que el amor con mayúsculas no era buen combustible para tu pluma. O igual es que yo no nací para ser musa en las distancias cortas.

Es curioso que me esté acordando ahora de esto, con lo que ha llovido desde entonces. Bueno, tampoco tanto, según dice el hombre del tiempo. 

Pero da igual que pasen los años, hay cosas que nunca cambian. Todavía se me hace un nudo en la garganta cuando escucho aquella canción que llamábamos nuestra, o quizá era sólo yo la que la llamaba así, tú sabes que siempre padecí un incurable síndrome de Diógenes para los recuerdos e intentaba almacenar todo lo que vivimos o nos dejamos por vivir, fuera o no importante o digno de contar a esos nietos que nunca tendremos.

Esa canción. La foto de la mesita de noche. La cajita llena de tus aviones de papel y tus notitas entre mis apuntes. Las entradas de cine. El libro que me prestaste y que no pude pasar de la página 200. El rinconcito del Parque de los Príncipes que era nuestro, después de tantas horas allí hablando de cosas trascendentales, del sentido del universo y de dónde íbamos a cenar después. La forma de darme las buenas noches. El emoticono con el que terminabas todas las conversaciones por Facebook. El banco de Santa Cruz donde nos dimos nuestro primer beso. El poema que te recité la primera vez que hicimos el amor.

Me pregunto si tú tuviste que sacar tantas bolsas de basura de tu corazón como tuve que hacer yo, pero en fin, reconozco que fui un poco vaga y muchas de las cosas las tapé con una sábana y si te he visto, no me acuerdo. Igual no ha sido buena idea, porque sigues ocupando un espacio que no te pertenece, o igual sí, porque todavía late de vez en cuando al escuchar esa canción, ver esa película, leer ese poema, pasear por esos lugares, que ya no te pertenecen, joder, no sé cómo lo has hecho para estar en todas partes cuando antes me faltabas tanto.

Pero vamos, que yo ya lo he superado y tú supongo que también, porque te fuiste con pocas explicaciones y muchas lágrimas sin secar, que son el mejor remedio para apagar las llamas de antiguas pasiones y las cenizas empapadas no hay mechero que las encienda, aunque nos quedase gas para un nuevo intento.

Aunque hay quien todavía lo piensa, no te creas.

Esto te va a resultar gracioso, no te vayas a reír, pero es que a veces también lo pienso yo. Pero vamos, que son tonterías que se me ocurren a veces, muy pocas veces, cuando Marte se alinea con Venus y me cruzo contigo y recuerdo lo bien que encajaba mi cuerpo bajo tu hombro. No, si ya sé que hay más hombros que hombres, y hay muchos muy cómodos, pero el tuyo estaba hecho a medida para mí, con la dosis justa de desodorante como para que el olor no me hiciera cosquillas en la nariz, con la temperatura perfecta como para que no me estorbaras ni siquiera en esas noches pegajosas de verano.

Aunque ahora que tienes los brazos como el puñetero Lobezno, me pregunto si será lo mismo, si seguiré encajando en ese huequito de tu cuerpo que era mío o si me lo habrás arrebatado a golpe de gimnasio, aunque tampoco es que importe mucho desde que fui declarada persona non grata en todas las fronteras de tu piel y me repatriaron a la mía propia, que se me hace pequeña y nunca me ha parecido especialmente confortable, ya lo sabes. Se me clavan tus recuerdos en la espalda cada vez que intento acomodarme en ella, son más insistentes y agudos que los muelles de mi viejo colchón y así pasa, que no hay quien duerma bien por las noches desde que cambié mis sábanas por tu ausencia.

Con este material no parece que haya suficiente historia para otra película más, creo yo. Estoy segura de que hasta los guionistas de Cuéntame rechazarían el encargo. Pero igual estaría bien quedar un día para hablar, ponernos al día, aclarar un par de cosas que se nos quedaron atravesadas, ya sabes, lo típico que hacen las exparejas con un café y una Muralla China de recelo por delante. No sé, me cuentas qué tal le va la carrera a tu hermano pequeño y la jubilación a tu padre, y qué planes tienes ahora, si lo de la empresa aquella salió adelante. Ya de paso me cuentas si esa chica de la que hablan los poemas de tu blog sigo siendo yo, porque se me parece un poco y, bueno, se llama como yo. Y ya que estamos, te pregunto si es cierto eso que me contaron de que te vieron unas cuantas veces dando vueltas delante de mi portal, pero que siempre te ibas sin llamar al telefonillo. Que no digo que sea verdad, que la gente miente más que habla.

Como yo, por ejemplo, que juré y perjuré que no habría director que me sobornara para firmar por una secuela, ya sabes mi opinión sobre ellas, que nunca llegan a la altura de su predecesora. Pero el otro día me vi la segunda de Batman y me gustó mucho más que la primera.

Será por eso.




29.6.14

Fotografía de "A pleasure to burn" (hellanne.tumblr.com)


A buenas horas vengo a decirte esto, me dirás. Ahora que sólo sabes que existo porque actualizo mi perfil de Facebook y que los condones los pago a pachas, y no contigo. Ahora que ni siquiera sé si tú haces lo mismo.

(Lo de los condones, digo).

Supongo que es imposible que no te tenga un poquito enquistado en el corazón, lo justo para que no duela. Al fin y al cabo, nos conocimos en esa etapa de mi vida en la que toda chica tiende a enamorarse de las causas perdidas disfrazadas de chico malo, y a ti la chupa de cuero te quedaba de escándalo, para qué vamos a engañarnos.

Eso digo yo, que para qué vamos a engañarnos ahora, si ya lo hicimos lo suficiente entonces, con mis no me voy a enamorar y tus no quiero hacerte daño. Qué hollywoodiense nos sonaba todo durante esos amaneceres desnudos que compartíamos, cuántas películas podríamos haber inspirado si hubiéramos sido americanos y ricos y no dos andaluces sin patria ni dinero. Hasta una porno nos habría salido bonita, con esa manía tuya de recitarme a Benedetti al oído para ponerme cachonda, y esa costumbre mía de escribir poesía al ritmo de tu respiración acompasada por el sueño. Se te daba bien ser muso cuando dormías, cuando me dabas tiempo para pensar en un nosotros que no existía y no te empeñabas en aturdirme a base de besos y versos.

(Confieso que veces me paseo por la sección de literatura romántica del FNAC y pienso que la mayoría de esa gente se quiso menos y peor que nosotros. Yo llenaría páginas de anécdotas e historias para no dormir que harían sonrojarse a Christian Grey y sonreír con ternura al Marqués de Sade).

Pero en fin, qué te voy a contar, si tú también estabas ahí.

Tampoco me acuerdo de ti todos los días, no te preocupes. Sólo cuando hay luna llena y me quedo a medias, y me embarga la melancolía del hombre lobo mientras decido si me toco o te pienso o las dos cosas. Pero es que quién te manda ser tan canalla, siendo yo tan bohemia. Tú tan gitano y yo tan paya. Tú tan de ron y yo tan de cola. Hacíamos buena pareja pero se nos daba mejor agitarnos que revolvernos y nunca había hielo que nos enfriase. Así pasa, que al final no había quien nos tragase y tampoco es que nos importara mucho. Luego la gente cambia y quién nos iba a decir que íbamos a acabar tan extraños nosotros y tan cercanos los otros. Se ve que éramos demasiado fuertes juntos y sólo sabemos bien en copas distintas, en bocas distintas.

Y aunque para ellos no seamos más que una serie de catastróficas desdichas, nunca voy a negar que todavía echo de menos algunas cosas. El regusto a incertidumbre que tenían tus primeros besos, y también los últimos. Tu indecente voz ronca en mi oído, que ya quisiera el Duque que a Catalina le temblaran las piernas tanto como tú conseguías conmigo. Hacer los planes a la hora a la que se terminan, salir de la cama cuando la gente se mete en ellas y acabar en una playa de Cádiz viendo el amanecer y helándonos con el frío de diciembre, ahí, con dos huevos. Esa manía tuya de trastocarme la rutina sin que te diera permiso para hacerlo, sinvergüenza.

(Aunque lo cierto es que siempre te fui bastante fácil. Para los cambios, quiero decir).

Y también añoro esas cosas que nunca cambiaron entre nosotros, como si llevaras toda la vida orbitando a mi alrededor. Cappuccino con dos azucarillos para mí, solo con sacarina para ti, a las ocho y media de la mañana y a las cinco de la tarde. Escuchar los partidos del Madrid compartiendo auriculares en la biblioteca, celebrar los goles en silencio y seguir pasando apuntes, como si Sergio Ramos nos metiera en la final de la Champions todos los días. Reconocer qué suena en tu iPod con sólo ver cómo mueves la cabeza, marcando un ritmo invisible, cuando nos daban las tantas en la sala de estudio y ya no había nada qué hacer, aunque nos resistiéramos a admitirlo. Tampoco era tan difícil, te motivabas siempre con las tres mismas canciones, La Grange, Dr. Feelgood y Thunderstruck. Eras un animal de costumbres, salvo para las camas. Pero eso yo no lo sabía.

Ahora sí sé algunas cosas más que por aquel entonces. Que no fuiste el amor de mi vida pero que te recordaré más que a alguno que me prometió que lo sería. Que nunca voy a poder leer a Benedetti porque me suena y me sabe a ti y a la Desperados con la que te tragabas las dudas antes de besarme. Que esos aires de Joaquín Sabina que te dabas no te quedaban tan bien como creías, pero que conmigo te funcionaron porque tenía diecinueve años y quería quinientas noches a tu lado.

Que me quedé con las ganas de follarte un poco más y pensarte un poco menos, y ahora es demasiado tarde, princesa. Ahora que ya me he buscado otro perro que me ladre, princesa.

Y bueno, tampoco es que haya mucho más que contar.

Que conste que esto no es una carta de amor ni nada que se le parezca, no te vayas a creer lo que no es. Que yo estoy muy feliz ahora mismo y eso, que espero que tú también lo estés, con una chica que te quiera y te haga la vida fácil, con la que veas la televisión tranquilamente, vayáis al cine y a cenar a sitios elegantes, de esos a los que hay que ir en traje de chaqueta, tú en traje, no me lo puedo ni imaginar. Quiero decir, seguro que te sienta bien, pero tú sabes que la chupa de cuero te quedaba mejor y pegaba más conmigo y con mi pintalabios rojo, ese que te gustaba borrar con saliva y malas ideas. Ese que ya apenas uso porque ya no es lo mismo y nunca va a serlo.

 Y quizá, nunca lo fue.




2.11.12

"The girl with red lips", por mimi75mimi75, en DeviantArt






No acostumbraban a ver más allá de las gafas negras de pasta, que asociaban extrañamente a un afán desmedido por el estudio y no a una miopía galopante que la acompañaba desde la infancia, y se sorprendieron cuando ese día en su rostro pálido como la luz de la luna lo que más destacaba era el color rojo, salvaje y llamativo, que teñía sus labios gruesos y que pedía a gritos que lo borrasen con saliva y labios ajenos.

No acostumbraban a observar las curvas que había dejado al descubierto aquel día, aquellas que solía ocultar con una larga melena y excesivas capas de tela, y se sorprendieron cuando ese día mostró la nuca despejada con un buen corte de pelo, el blanco y largo cuello desembocando en los hombros rectos y elegantes, luciendo un porte casi aristocrático y exquisito.

No acostumbraban a mirarla dos veces, sinceramente. Paseaba por los pasillos como una silueta difusa negra, encorvada y silenciosa, como si alguien le hubiera bajado el volumen al mínimo a su voz y a su risa, olvidable niña buena, y se sorprendieron cuando apareció coleccionando miradas incorrectas y lascivas, devolviéndolas con una sonrisa satisfecha, sonrojando rostros e inspirando fantasías, inmensa y sublime en su atrevimiento, sobre aquellos tacones, cabalgando como un purasangre, un bello animal, una fiera mujer.

No se acostumbraban, no, a aquella desconocida de labios rojos, piel blanca y cabello negro, delicada en sus maneras como una geisha, pero descarada en sus acciones y de belleza desconcertante y confusa.

No se lo esperaban, tampoco, cuando la joven se dignó a dirigirles la mirada por primera vez, intensa y desgarradora, con un deje altivo, despectivo incluso. Se llevaba a la boca un cigarrillo robado a uno de los presentes, un joven que trataba de encontrar en ella algún vestigio de la chica que él creyó conocer, mientras dejaba que el humo la envolviera, misteriosa y sugerente, como una muñeca hecha de porcelana y encaje negro.

Se cansó pronto de aquel juego de poder y seducción. Mientras las últimas hebras de humo se elevaban de entre sus labios, detuvo sus ojos entornados en cada uno de los presentes, y con parsimonia, con una inquietante frialdad, dejó oír su voz, quizá lo único que había permanecido intacto en aquel cuerpo extraño, elevándose sobre el bullicio que les rodeaba. Fue directa, sin saludos cordiales ni afectuosas palabras.

–Debería haber hecho esto hace mucho tiempo. Aunque os hubiera dado igual.

Y, regodeándose, les lanzó a la cara todas aquellas verdades que había guardado en su interior durante años, enfermándola como si de un cáncer se tratase, corroyéndola. Fue cruel, incluso, pero no le importaba.

A ellos tampoco les importó entonces.

– A ti te odiaba – confesó imperturbable – Tú nunca estuviste a la altura. Tú nunca supiste quién eras. Tú sigues estando vacío. Tú me salvaste la vida y ni te diste cuenta.

Siguió autopsiando almas, las abrió en canal con palabras cortantes y una lengua bien afilada. Les sacó las entrañas y les acuchilló con la verdad y nadie pudo replicarle porque no había con qué hacerlo. Dedicó sus últimas palabras al joven del cigarro, después de darle una calada especialmente larga como si absorbiera fuerzas a través de ella.

– A ti te amaba y nunca te importó.

Él respiraba agitado y la miraba con turbación. Ella tiró la colilla al suelo y acabó pisoteada bajo su tacón.

(Fue simbólico, él le hizo lo mismo a su corazón. Le gustó el gesto, quedó muy poético).

Luego le besó en los labios, profundo, húmedo y largo. A pesar de tener la lengua afilada, besaba tierna, como derritiéndose bajo su paladar como chocolate, líquida y dulce. Cuando se separó se le erizó el vello de los brazos.

Se marchó por donde había venido, dejando atrás confusión y desconcierto, y de seguro miles de palabras por decir, con el pintalabios corrido, el corazón desbocado y la satisfacción del deber cumplido.

Grabada a fuego en todas y cada una de sus mentes –y en algún corazón, quién sabe–. 

Inolvidable.

31.7.12


Mírame. ¿Qué ves? ¿Una niña, una mujer? Simple y llanamente, ¿una persona?

Hoy soy París.

¿Has estado alguna vez allí? La ciudad del amor. Yo no la conozco, pero voy a guiarte.

Quiero guiarte al centro de París.

Sólo cierra los ojos. Hoy tienes entre tus brazos una ciudad rendida a ti.

Cambia. Ahora puedes mirar.

Brilla el sol. Míralo, te devolverá la mirada; no te hará daño. No olvides quién soy hoy. Te observo, te cuido, ardo. Luz.

Sopla el viento. Olores y sensaciones. Manzana, vainilla y café. Inspira.

Ahora, camina. Recórreme. Comienza el viaje.

Los Campos Elíseos hablan para ti, te indican el camino. Anda, respira, escucha. Atraviesa el Arco del Triunfo, conquista las batallas escritas en él, aviva la llama por el soldado desconocido. Tanto que hacer…

Acabas de empezar.

Notre Dame te observa, con un ballet de palomas danzando a su alrededor, vigía silenciosa, guardiana de leyendas, de historias sin final, de finales sin historia, de recuerdos olvidados, de palabras calladas, de verdades ocultas… Entra en ella y sube a una de sus torres. Recorre la ciudad con tu mirada y estarás grabando en tu mente uno de tantos momentos que atesora, en su memoria imborrable de piedra, nuestra hermosa dama. Pisa el círculo dorado que hay ante ella, marcando el centro de la ciudad. Dicen que si lo haces, volverás a París. Písalo y vuelve, vuelve.

Ahora continúa.

Acaricia la Ópera Garnier, quítale la máscara al fantasma, camina por donde caminó el más imposible de los amores, el más maltratado de los genios, el Ángel de la Música. Hoy canto con la voz de quien yace bajo la brillante oscuridad.

Ayúdame. No dejes la obra a medias.

Vuelve. Aún queda mucha obra por representar.

Un barco parte. Desciende y navega por el Sena. Te mece, te sigue, te empuja. Brazos amantes, caricias de agua tibia que bailan a tu alrededor. Baja la mano, roza el agua. Cierra los ojos al pasar bajo el Puente de los Deseos, formula uno e intenta que esté a mi alcance. Hoy pienso cumplir todos y cada uno de ellos.

Graba en tu mente las obras prohibidas del Louvre. Fantasías imposibles de color rojo y lienzos vacíos. Pinta. Rendidas a tus pies, ideas que piden ser cuadros, reclamados por un público que se reduce a la inmensidad de dos personas. Tú y yo.

Y sigue andando. Camina, visita. Deléitate con los monumentos, los barrios, las calles, los parques, los jardines, las plazas… Te parecerá inmenso, pero tranquilo. Te doy todo el tiempo del mundo para llenarte de ello. De mí.

Porque cada paso que das es una nueva declaración de amor que me dice: Quiero continuar. Porque cada mirada de admiración me llena de orgullo, y cada vez que tu mano se posa en algún lugar afirma: Yo estuve aquí. Tú y nadie más, porque he construido una ciudad entera para ti. Por ti.

¿Dónde estás ahora? Mira hacia arriba. La Torre Eiffel.

El final de tu viaje.

Estás en la cima, dejando atrás los 1665 escalones que has subido. Camino largo, difícil. Siéntete orgulloso. Con tu esfuerzo has conseguido dominar tu propia ciudad. Ahora puedes verla, a tus pies, pero al mismo tiempo dándote las alas para subir a lo más alto. Aún es débil. Una Torre Eiffel hecha de hojas de papel en blanco.

Nuestro turno. Escribamos la historia.


"The Eiffel Tower through art", por Trey Ratcliff, en Stuck In Costums

17.7.12


Alguien –no recuerdo quién– dijo una vez que todos éramos reyes de nuestro propio mundo. De un mundo pequeño –o grande, según el caso–, pero que no importa como sea, porque es nuestro. Un mundo que se alimenta de sueños, de esperanzas, de experiencias y de emociones. Tiene su centro, los sentimientos. Y gira alrededor de una estrella, el corazón. Y es nuestro.

Todos somos los gobernantes en nuestro mundo particular. Las reglas las dictamos nosotros, en el caso de que sean necesarias. Tú decides quien entra en él y quien sale. Quien lo mejorará contigo y quien pasará indiferente por él. Al principio creía que tenía el poder de decidir quién no pasaría por él, pero no es así, y no me gustaba. Hay quien irrumpe en él como una tromba y lo vuelve todo del revés sin permiso. Poco a poco descubrí que a veces viene bien un cambio, aunque ni lo esperes ni lo desees.

Hace tiempo decidí dividirlo en habitaciones y les puse nombre. Me gusta la del Amor. Ahora está vacía, aunque tiene algunas fotos antiguas que no puedo despegar. Nunca podré hacerlo, pero poco me importa. Son recuerdos, a los que permití hacer alguna modificación en mi mundo. En esa habitación dejaron su huella.

Luego está la habitación oscura. O el trastero. Allí hay demasiadas cosas que no quiero que vuelvan a salir. Cogerán polvo, hasta que la capa de suciedad sea tan gruesa que no pueda volver a verlos. Entonces quizás se desvanezcan, con algo de suerte, pero el hueco que ocuparon seguirá allí. Algún día haré reformas en esa habitación. Quiero hacerla más pequeña.

Un poquito más al fondo está la Habitación. Es la más grande de todas ellas y la más luminosa. No quise ponerle nombre y pronto sabréis porqué. Está llena de huevos, de los que nacerán polluelos. Bueno, no son exactamente huevos ni polluelos, pero es parecido. Lo quise así porque refleja el nacimiento de la vida. Son el alimento de mi mundo. Son mis sueños. Cuando nazcan ya no lo serán, porque se habrán convertido en realidad. Por eso dejé a la habitación sin nombre. No puede ser la habitación de los Sueños, porque al nacer dejarán de serlo. ¿Habitación de la Futura Realidad? Eso sería demasiado bonito. Mejor la dejo así, sin nombre. Mejor.

Hay muchas habitaciones en mi mundo. Una en la que hay muchísimas ventanas por las que entra el sol. Otra con ventanas también, pero siempre se ve llover. Otra –que no me gusta visitar– es la de la Furia. Hay continuamente tormenta y cuando entro no puedo ver nada. Sólo la tormenta. Hay muchas habitaciones parecidas a esas tres. Suelo visitar una de ellas al día, a veces dos o más, pero suelo ir mucho a la segunda. Lluvia.

Mis habitaciones están llenas de fotos. Me gustan las fotos. La habitación de los recuerdos es la que más fotos tiene. Las paredes están forradas con ellas y las antiguas descansan en álbumes que hojeo de vez en cuando y que se llenan poco a poco. Sé que hay muchos álbumes, pero no me atrevo a contarlos. Porque sé que cuando todo acabe los álbumes estarán completamente llenos, hasta la última foto. No quiero jugar a predecir cuánto tardaré en morir.

Pero esa no es mi habitación favorita. Hay otra que me fascina, que me intriga. No es muy grande, pero está llena de espejos. Por todos lados. Miro a la derecha y estoy yo. Miro a la izquierda y estoy yo. Y miro atrás y de frente y estoy yo. Yo. Yo, yo y yo. Nadie más. La llamé la habitación del egoísmo, de la egolatría, de la vanidad. No parecen buenos nombres, pero es así. Sólo estoy yo y no existe nadie más. Tampoco dejo entrar a nadie. Puede parecer extraño, pero no me desagrada esa habitación. Creo que es bueno pasar un tiempo en ella. Cuando lo hago la llamo habitación de la Aceptación. Cambia bastante la perspectiva.

Por último está la habitación cerrada. Tiene una enorme puerta negra y es imposible de abrir. No la he creado yo y tengo la ligera sospecha de que es común en todos los mundos. Creo saber qué hay en su interior, pero no quiero abrirla. Temo entrar en esa parte de mi mundo que no me pertenece o que me pertenece pero es mejor no descubrir. No quiero despertar a la bestia.

Ya no hay más habitaciones. Sólo queda una puerta. Es pequeña, aburrida y sosa, irremediablemente normal. Tampoco la puse yo allí, pero sí sé adónde lleva. Algún día tendré que cruzarla. No quiero hacerlo. Me da miedo que se cierre y no pueda volver a entrar en mi mundo. Me da miedo no volver a entrar en la Habitación para ver nacer a los sueños. Porque sé que fuera de mi mundo no podré creer que exista la magia, que me casaré con ese chico al que idealicé al verlo en la gran pantalla, que podré viajar a cualquier parte del mundo cuando quiera. No podré hacerlo. Así que pienso aprovechar mi estancia aquí todo lo que pueda. Y cuando llegue el día en el que tenga que cruzar, dejaré una piedra sujetando la puerta de mi mundo. Evitaré que se cierre.

                                  

31.5.12


La encontré una brillante mañana, bien entrada la primavera, que ya casi se confundía con el que se auguraba un caluroso verano.

Las jacarandas ocultaban los adoquines de las calles componiendo una alfombra violácea y el aroma de los naranjos ya había abandonado las avenidas.

Por aquel entonces en mi vida había más flores que pasiones.

Era una flor de la pasión, purpúrea y nívea, delicada, magnífica, hermosa. La hallé a mis pies, regia y exuberante, solitaria entre la abundante hiedra, y me impresionó su belleza de vivos colores y caprichosas formas. Una belleza que anticipé fugaz como un suspiro, y me apenó saber que, tal vez, la próxima vez que la buscase en aquel jardín no quedaría nada de ella.

Decidí fotografiarla, inmortalizar ese momento de álgido esplendor y conservarlo en algún lugar que no fuera mi memoria.

A veces la observo, recorro sus pétalos con la mirada y evoco una suavidad ya marchita, una frescura ya extinta... Y sonrío, agradeciendo esas pequeñas cosas, esos ínfimos detalles, que pueden hacerte disfrutar la dulce alegría de un día de primavera.

Apreciar que todavía estamos vivos.



Flor de la Pasión, género Passiflora, en el Paseo de la Palmera, Sevilla

3.4.12

Ey, estás aquí. Te estábamos esperando. Aquí tienes, una mochila cargada de ilusiones, una cantimplora llena de ganas, un bastón que te sostenga cuando te fallen las piernas y una pomada para las heridas que seguro te harás.

Tu viaje empieza aquí, en esta encrucijada. No te molestes en contar cuántos caminos convergen en ella, son infinitos. Y sólo es la primera a la que te enfrentarás a lo largo de tu viaje, que no serán pocas.

No será fácil, como puedes ir imaginándote. A veces se te hará cuesta arriba, o tendrás que caminar sobre terreno pedregoso o enfangado. A veces el tiempo no estará de tu parte: las nubes son caprichosas, se alimentan de tu indecisión y tiñen el cielo de un gris penitenciario que te puede hacer creer que no vas a poder salir de ésta, atrapado eternamente en un cruce de caminos. No te preocupes. Siempre se llega a alguna parte, siempre sale el sol y todo está bien.

El arrepentimiento es una pesada carga que no merece la pena acarrear. Por eso nunca hay que ir hacia atrás, ni siquiera para tomar impulso. Nunca hay que desandar lo andado, incluso si el camino se hace largo y tortuoso, incluso si te encuentras en la autopista al infierno: puede que solo hayas dado un rodeo. Y si ves que el sendero se acaba, no pienses que estás ante un callejón sin salida: siempre puedes caminar entre la maleza. Quién sabe si al otro lado encontrarás tu Shangri-La.

Por último, recuerda: eres tú, son tus huellas las que marcarán el camino. Puede que alguien las siga, incluso puede que alguien sostenga tu mano y camine a tu lado, pero a la hora de la verdad eres tú y el peso de tus decisiones.

Pero no tengas miedo. Aunque no hay brújula que nos indique el norte, aunque no hay mapa que nos señale el destino, siempre puedes mirar el cielo y dejarte guiar por las estrellas.

Y piensa… que realmente no hay final de trayecto. La Tierra es un gran orbe y, como una vez escuché, hay que vivir esféricamente, en muchas direcciones. Y es que, ¿acaso sabéis de algún marinero que haya alcanzado el horizonte?





Y una pequeña aclaración mitológica:

Trivia es la diosa romana de las encrucijadas. Se trata de una divinidad bienhechora. Su efigie presidía los cruces de caminos, lugares vinculados con la magia, pero también presenciaba las encrucijadas de la vida de los hombres y era testigo de las decisiones que tomaban.



Después de esto, ya os podréis imaginar porque elegí este nombre para mi tercera incursión en la blogosfera. Hace relativamente poco tiempo que comencé a tomar las riendas de mi vida y a enfrentarme a decisiones que me afectarían profundamente. Y han sido esos momentos de indecisión, esas elecciones y sus consecuencias, lo que veréis reflejado aquí. Los rincones de mi mente y el reflejo de mi alma (hasta que se la venda al diablo, que ofrece muy buenos tratos el muy truhán). Mi electrocardiograma literario.