La última vez que Daniel le pidió a su familia que le
ayudasen en su abordaje al barco pirata, nadie le quiso acompañar en su
aventura. Daniel no se había dado cuenta de que su hermana mayor, Susana,
estaba en la edad en la que prefería pasar las horas muertas delante del
ordenador, antes que acompañarle a luchar contra piratas y bucaneros y ayudarle
a rescatar a la hermosa hija del almirante. Su padre estaba trabajando en el despacho, y
Daniel sabía bien que no se podía molestar a papá cuando estaba trabajando, o
se quedaría sin merienda. Su madre, por otro lado, le había dicho que ya era
mayorcito para seguir inventándose esas historias y además, ¿hijo, no tienes deberes que hacer?
Después de enfurruñarse y encerrarse malhumorado en su
cuarto, decidió que era lo suficientemente valiente como para hacerlo solo y se
coló por la puerta brillante que había aparecido en su habitación, armado con
su espada de plástico, por si la cosa se ponía peligrosa.
El otro día, mientras avistaba tierra con su tripulación, se
preguntó si papá y mamá estarían preocupados.


